El mal hábito
Avelino Gómez
Final con Whitman
Entonces era fácil doblar el mar como un pañuelo.
Presumirlo en la solapa de la ropa cotidiana.
Porque la belleza me consentía y cada verso
era ola detenida en su tambor de piedras.
Pero a los veinte y a los veintinueve también era flojo.
La pereza llovía en mis puños cerrados
mientras el cardumen de imágenes
nadaba en los ríos de mi garganta.
En ese entonces ya hubiera escrito la gran obra.
La extensa oda que tocara los puntos del mundo.
El poema que enseñara a los árboles a caminar.
La canción tejida con secretos y alaridos.
Ya desde esa fecha yo hubiera dado a la noche
la oración exacta para poner el día de rodillas.
Pero la pereza, cual amante, exige también atenciones.
El poeta que era, que soy, que seré,
necesita de ella
para poner en orden las pasiones y el silencio.
¿Quiénes, sino los poetas, pueden tener al ocio de mascota?
Así pues,
con el gato del descanso echado en mis piernas,
ahora, a los treinta años de edad
y gozando de una salud perfecta,
empiezo mis cantos…
Historia perecedera
Y finqué una casa con paredes portátiles como el mar.
Sereno y alta la frente, levanté esquinas
con cemento y decoro.
Luego, compré un perchero para colgar el tedio.
Limpié el polvo de mis camisas, tendí sábanas
y resguardé, uno por uno, mis vicios en esa casa.
Ahí soporté la ventisca y las aspas del reloj.
Con todo era un lugar para bien dormir.
Pero un día intenté la diversión con los vecinos,
y de mala suerte, alguien me acusó de sedicioso.
Los muy propios me dieron escarmiento por regalo.
Sin explicación alguna golpearon mi sangre
con la palabra piedra. Pisotearon la risa y mis manos.
Apalearon con sabiduría mis rodillas.
Limaron en sus dientes monedas de cobre
y esparcieron herrumbre en mi confianza.
Con todo digo que fue mi culpa.
Porque, ya lo he dicho, las paredes eran portátiles
como el amor, y el escarnio resultó ser fuerte.
El techo se vino abajo, sepultó la certeza
que en ese piso se alzaba como una bandera.
La última imagen fue la del escarmiento
con los pies plantados sobre los escombros.
Cuento la historia con paciencia, entre tragos
de ámbar y cerveza. Y porque no tengo
un horario de ocho a tres para lamentarlo,
sé que al contarla también la olvido.
Paisaje, II
Baja de las montañas la creciente.
El río viene a más y ensordece
y devasta y reniega de su cauce.
El río como culebra interminable
hace sonar su cascabel de piedras.
Trae espanto en sus entrañas.
Trae troncos y animales muertos.
El agua retumba embravecida.
Se traga la tierra. Dicta geografías.
Es agosto de temporales.
El río es un árbol creciente al horizonte.
Y el paisaje es un niño asustado
que la corriente arrastra.
Río de Tolimán, agosto de 1997.
Noticia del puerto
Salvador conoció a Clara aquel agosto. Ambos eran solos. Ella vivía bajo cielos de burdeles, y él sobre techos de ladrillo.
Cuando Salvador trabajaba en las azoteas solía detenerse, miraba el mar y los barcos en los que otros hombres, destinados a domar sus erecciones, se alejaban.
En tanto, Clara, hundida en el camastro de su cuarto, preguntaba a los clientes por el mar, y luego se tiraba bajo los hombres, desnuda, pensando en la brisa y la sal.
Salvador y Clara se decían a sí mismos que eran torpes. Olvidaban el saludo y, de tanto en tanto, también la sombra. Ambos extrañaban los buques que cargan semillas y minerales. Y nada tenían, excepto el nombre, que no estuviera en el mar.
Pero cuando Clara y Salvador se conocieron, a la salida del burdel, se hablaron de los restos de sus naufragios. “Esta vida no es la mía”, confesó Salvador. “Si tuviera un hijo que viniera del océano…”, respondió Clara.
Luego todo fue sencillo: Ella lo llevó al camastro y tras el oleaje llegó el sueño en borrascal. Entonces amaneció rápido. Salvador se sorprendió en la madrugada, emprendiendo la huida.
Y en el cuarto Clara se ahogaba en el agua fría de las sábanas.
Raymond Carver escribe un poema de amor
En la cámara del insomnio
escucho la sangre de una confusa golondrina.
Soy un necio,
pienso en el arco de tu cuerpo
y nunca llega a mi casa el sueño.
Si tuviera que pagar por no tener el desvelo
te daría un dólar por tender mi cama.
Un dólar porque bebieras frente a mí
un tarro de leche.
Un dólar por acercarme al buró
el vaso de agua.
Un dólar por recoger de la mesa
mi tinta, los escritos.
Un dólar.
Pero soy otra vez un necio:
Ayer te quedaste con mi último billete
cuando en la barra me serviste un whisky
con esa misma serenidad que tienes
para repartir besos.
Por lo demás, ya está amaneciendo.
Contra la imagen
Nosotros no compartimos hogueras.
No somos la misma ceniza.
No tenemos dentro los mismos paisajes.
Por eso es que al sentarnos a la mesa,
todo entre nosotros agoniza.
¿Cuántas veces descendiste a mí
con esa crueldad que tanto amo?
¿Cuánto tiempo tu relámpago
hizo un altar de mis párpados?
Pero también puedo vivir sin esta imagen,
así como tú vives sin mí.
Y puedo ir entre el reflejo de las cosas ajenas.
Y puedes ir hacia el lado contrario de quien te cela.
Venga la nostalgia aprender alfileres
en el envés de mi frente.
Porque la imagen de tu amor
no hace feliz a nadie.
Porque la imagen de mi amor
no hace feliz a nadie.
Porque somos tan crueles
que no nos hacemos falta.
Así de hiriente eres, y así de hiriente soy.
Fortalezas
1
Donde nací estoy.
Con doble corazón trabajo la esperanza.
Soy el puerto en el que vivo y no pido más.
Permanezco aquí, en espera de los presentimientos.
Y, escribo, conmigo y contra mí, escribo.
Porque mi debilidad mayor es la tristeza.
2
Recorro esta ciudad.
Busco la emoción y le emoción se estanca.
Pero sigo con el mar, porque la alegría
viene detrás de cada ola.
Y en esta orilla no hay aislamiento ni abandono.
3
Soy quien dice que la tristeza es amarilla.
Pero en el puerto hay árboles y aves
y arcoíris que todo alegran.
Aquí, decir que estoy vencido es sólo un decir.
4
Del mar tengo esta furia y la sencillez de mi sangre:
la resignación no es una camisa con mangas.
Desde aquí soy fuerte y trabajo la esperanza,
y hago de ella una armadura contra el olvido.
Nocturno a mí mismo
Porque la amistad no tiene cama,
por eso contigo me desvelo.
Para que el amanecer acicale
sus patas de gato moribundo,
y los tragos de cerveza sean
como de trementina.
Pero nos odiamos.
Sobre todo cuando el sol
nos llega hasta los hombros y le escuchamos
cantar batallas de cementerio.
Sobre todo, cuando el día
no quiere ser el rumor tibio en los mercados.
Poco antes de la marejada
a las cuatro en punto de la mañana,
antes de pensar en el motín de los barcos
en que crecimos.
Antes también de sentir el miedo,
no el nuestro, sino de todo el vecindario.
Antes del tú y del yo pronunciados
desde el risco más alto.
Antes, poco antes,
unimos amistad y odio con un anillo.
Y salimos de casa, sonrientes,
junto a la anciana harapienta
que pasea su canasto de limones.
Carta
Es de mañana y hay barcos meciéndose en la bahía. Si pudieras ver esta mansedumbre que me arropa. Es la dulzura de la gente que sale y ama y canta.
Desde aquí pienso que soy un hombre que está listo para ir a conocer otros mares, quizá los más fríos, quizá los más sucios o aquellos que tienen borrascas.
Pero confieso que no sé hacer otras cosas que vivir en este puerto.
Suficiente hago con despertar y tomar café y fumar decir que la vida es hermosa.
Digo que estar aquí es una despedida sin pañuelos. No puedo pedir más, no quiero la ausencia comprometida. Mi padre sigue en pie y mi madre no entiende de tejidos.
Aquí, los ciclones y las buenas noticias son puntuales, y el puerto, a veces, es un gato dormido en una pecera.
Si pudieras ver que tengo en mi tanta quietud, en esta mañana y en esta mesa, leyendo un libro de viajes.
Tríptico para amarrar un río
1
Un día cualquiera vendrá mi amigo.
Habrá en el camino dos caballos en carrera.
Y mi amigo, como yo, pasará desapercibido.
Y amarrará en la calle de su casa un río.
Será un día cualquiera, un buen día.
Tendré un amigo para discutir con él de nada
y él, Padre, dirá a sus hijos y yo a los míos:
¡ea!, vengan a ver todos cómo nos reímos.
Un amigo, al que golpearé con esmero la espalda,
cuando venga a casa a decirnos que allá afuera
dos caballos vienen a galope por el camino.
2
Pero claro está que soy un hombre que tiene mujer.
Y voy con ella al cine y me desvelo y la nombro.
Y unas veces la amo y otras veces la odio,
como todo el que se ama y odia a sí mismo.
Y también soy alguien que tiene hermanos,
tipos altos como yo, que contarán a otros
las peleas y el grito en los juegos del domingo.
Tengo padres y tíos y primos que ven en mí
un hombre distinto, que lo ven lejano y no entienden
y que a veces, al verme sin amigos, me dicen:
¡ea!, a la puerta de la casa sigue amarrado un río.
3
Nadie tiene dos veces la amistad en el estribo.
Hay días en que la frente se nubla
y el alba que sostiene la mirada se desploma.
Y uno vaya por ahí, incierto y sombrío
y entonces uno está solo dos veces.
No hay nadie cerca para preguntarle
a dónde va ese amor que no se detiene.
Uno solo no sabe sumar amor más el vino
más la canción más el nombre de la mujer.
Uno solo no entiende, no sabe, que el corazón
es un cristal que se ha caído.
Costumbre de familia
Para que mi padre se meciera en la hamaca del alcohol el otoño respetaba los almendros del patio sin azulejos.
De ahí que todos los hermanos recordemos, como una canción de cuna, la historia de la crianza de los cuervos.
Porque en cada vuelo de ebriedad, mi padre nos reunía en el patio y hablaba del temor a quedarse sin ojos.
Un día, el hermano mayor y su delirio treparon en la hamaca.
Resignados, les vimos comer del rostro de mi padre.
Ya en ese entonces yo sembraba pichones en cada rincón, con la intención de que crecieran árboles de alas.
Y escondido acicalaba mi plumaje, en espera del momento en que me tocara el turno de mecerme en esa hamaca.
Día de pesca
Alguien me dicta este golpeteo de la infancia.
Alguien hace estallar la memoria en las líneas de los mapas.
Alguien pone a temblar el cardumen de los años.
Alguien viene a mí, deja en mis manos
este anzuelo y esta lámpara de carburo.
Ah, ya recuerdo.
Aquél día un espejo había en la tarde
y en la vida un corazón de agua.
Coloqué la carnada en una cuerda y la tiré
como quien tira a la laguna del hambre
la mejor de las manzanas.
Esa vez, un pez hubo sobre la estufa de mi madre
y esta canción
que se quedó entre las ramas del mangle.
Secreto
Fue un cuervo lo que aleteó sobre mi cabeza.
Apenas había caído la tarde y a lo lejos sólo el mar.
Venía la lluvia. Venía la tristeza y un ventarrón de alas oscuras.
Yo no sé decirte la razón de todo
pero mi corazón
de pronto
se hizo más grande.
Mi corazón quería tirarse de un acantilado.
Mi corazón fue una piedra de río puesta al fuego.
Mi corazón fue una pileta de agua derramándose.
Mi corazón
no se lo digan a nadie
me habló.
Pero qué podía hacer con esa voz tristísima.
Apenas tenía la infancia puesta sobre la espalda.
Corte de pelo
Puede ser, Padre, que esa bicicleta verde
no existió sino que yo, todos los días, la soñaba.
Las tardes que subía a tu lado,
llevando mis ocho años en el esqueleto verde
de tu verde bicicleta. Y el camino
rumbo a la peluquería era la distancia
de dos meses y una melena de niño asoleado.
Los piojos mordiendo la raíz
del cabello y la mujer del estudio fotográfico,
ciega, que confundía mi tristeza con la enfermedad.
Y tantas fotografías rechazadas por mi cabello largo.
Y tantos recorridos verdes en la verde bicicleta,
rumbo al peluquero.
Ahora tengo tu estatura, Padre.
Y pienso que esa bicicleta no existió, sino que yo,
todos los días, la construía para que me llevaras
a cortar el pelo. Y a tomarme el retrato de niño asoleado
que secretamente guardo en tus ojos.
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Alguien me dicta este golpeteo de la infancia. Alguien hace estallar la memoria en las líneas de los mapas. Alguien pone a temblar el card...
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Nosotros no compartimos hogueras. No somos la misma ceniza. No tenemos dentro los mismos paisajes. Por eso es que al sentarnos a la mesa, ...
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