Tríptico para amarrar un río

 

1

Un día cualquiera vendrá mi amigo.

Habrá en el camino dos caballos en carrera.

Y mi amigo, como yo, pasará desapercibido.

Y amarrará en la calle de su casa un río.

Será un día cualquiera, un buen día.

Tendré un amigo para discutir con él de nada

y él, Padre, dirá a sus hijos y yo a los míos:

¡ea!, vengan a ver todos cómo nos reímos.

Un amigo, al que golpearé con esmero la espalda,

cuando venga a casa a decirnos que allá afuera

dos caballos vienen a galope por el camino. 



2

Pero claro está que soy un hombre que tiene mujer.

Y voy con ella al cine y me desvelo y la nombro.

Y unas veces la amo y otras veces la odio, 

como todo el que se ama y odia a sí mismo.

Y también soy alguien que tiene hermanos,

tipos altos como yo, que contarán a otros

las peleas y el grito en los juegos del domingo.

Tengo padres y tíos y primos que ven en mí 

un hombre distinto, que lo ven lejano y no entienden

y que a veces, al verme sin amigos, me dicen:

¡ea!, a la puerta de la casa sigue amarrado un río.


3

Nadie tiene dos veces la amistad en el estribo.

Hay días en que la frente se nubla 

y el alba que sostiene la mirada se desploma.

Y uno vaya por ahí, incierto y sombrío

y entonces uno está solo dos veces.

No hay nadie cerca para preguntarle 

a dónde va ese amor que no se detiene.

Uno solo no sabe sumar amor más el vino 

más la canción más el nombre de la mujer.

Uno solo no entiende, no sabe, que el corazón 

es un cristal que se ha caído.

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