Para que mi padre se meciera en la hamaca del alcohol el otoño respetaba los almendros del patio sin azulejos.
De ahí que todos los hermanos recordemos, como una canción de cuna, la historia de la crianza de los cuervos.
Porque en cada vuelo de ebriedad, mi padre nos reunía en el patio y hablaba del temor a quedarse sin ojos.
Un día, el hermano mayor y su delirio treparon en la hamaca.
Resignados, les vimos comer del rostro de mi padre.
Ya en ese entonces yo sembraba pichones en cada rincón, con la intención de que crecieran árboles de alas.
Y escondido acicalaba mi plumaje, en espera del momento en que me tocara el turno de mecerme en esa hamaca.
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