Historia perecedera


Y finqué una casa con paredes portátiles como el mar.

Sereno y alta la frente, levanté esquinas 

con cemento y decoro.


Luego, compré un perchero para colgar el tedio.

Limpié el polvo de mis camisas, tendí sábanas 

y resguardé, uno por uno, mis vicios en esa casa.

Ahí soporté la ventisca y las aspas del reloj.

Con todo era un lugar para bien dormir.


Pero un día intenté la diversión con los vecinos, 

y de mala suerte, alguien me acusó de sedicioso.

Los muy propios me dieron escarmiento por regalo.

Sin explicación alguna golpearon mi sangre 

con la palabra piedra. Pisotearon la risa y mis manos.

Apalearon con sabiduría mis rodillas.

Limaron en sus dientes monedas de cobre

y esparcieron herrumbre en mi confianza.


Con todo digo que fue mi culpa.

Porque, ya lo he dicho, las paredes eran portátiles 

como el amor, y el escarnio resultó ser fuerte.

El techo se vino abajo, sepultó la certeza 

que en ese piso se alzaba como una bandera.


La última imagen fue la del escarmiento 

con los pies plantados sobre los escombros.


Cuento la historia con paciencia, entre tragos 

de ámbar y cerveza. Y porque no tengo 

un horario de ocho a tres para lamentarlo, 

sé que al contarla también la olvido.

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