Final con Whitman

 

Entonces era fácil doblar el mar como un pañuelo.

Presumirlo en la solapa de la ropa cotidiana.

Porque la belleza me consentía y cada verso 

era ola detenida en su tambor de piedras.


Pero a los veinte y a los veintinueve también era flojo.

La pereza llovía en mis puños cerrados 

mientras el cardumen de imágenes 

nadaba en los ríos de mi garganta.


En ese entonces ya hubiera escrito la gran obra.

La extensa oda que tocara los puntos del mundo.

El poema que enseñara a los árboles a caminar.

La canción tejida con secretos y alaridos.


Ya desde esa fecha yo hubiera dado a la noche 

la oración exacta para poner el día de rodillas.


Pero la pereza, cual amante, exige también atenciones.

El poeta que era, que soy, que seré, 

necesita de ella 

para poner en orden las pasiones y el silencio.


¿Quiénes, sino los poetas, pueden tener al ocio de mascota?


Así pues, 

con el gato del descanso echado en mis piernas,

ahora, a los treinta años de edad 

y gozando de una salud perfecta, 

empiezo mis cantos…

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