Nocturno a mí mismo

 

Porque la amistad no tiene cama, 

por eso contigo me desvelo.

Para que el amanecer acicale 

sus patas de gato moribundo, 

y los tragos de cerveza sean 

como de trementina.


Pero nos odiamos.

Sobre todo cuando el sol 

nos llega hasta los hombros y le escuchamos 

cantar batallas de cementerio.

Sobre todo, cuando el día 

no quiere ser el rumor tibio en los mercados.


Poco antes de la marejada 

a las cuatro en punto de la mañana, 

antes de pensar en el motín de los barcos 

en que crecimos.

Antes también de sentir el miedo, 

no el nuestro, sino de todo el vecindario.

Antes del tú y del yo pronunciados 

desde el risco más alto.


Antes, poco antes, 

unimos amistad y odio con un anillo.

Y salimos de casa, sonrientes, 

junto a la anciana harapienta 

que pasea su canasto de limones.

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