Noticia del puerto

 

Salvador conoció a Clara aquel agosto. Ambos eran solos. Ella vivía bajo cielos de burdeles, y él sobre techos de ladrillo. 


Cuando Salvador trabajaba en las azoteas solía detenerse, miraba el mar y los barcos en los que otros hombres, destinados a domar sus erecciones, se alejaban.


En tanto, Clara, hundida en el camastro de su cuarto, preguntaba a los clientes por el mar, y luego se tiraba bajo los hombres, desnuda, pensando en la brisa y la sal.


Salvador y Clara se decían a sí mismos que eran torpes. Olvidaban el saludo y, de tanto en tanto, también la sombra. Ambos extrañaban los buques que cargan semillas y minerales. Y nada tenían, excepto el nombre, que no estuviera en el mar.


Pero cuando Clara y Salvador se conocieron, a la salida del burdel, se hablaron de los restos de sus naufragios. “Esta vida no es la mía”, confesó Salvador. “Si tuviera un hijo que viniera del océano…”, respondió Clara.


Luego todo fue sencillo: Ella lo llevó al camastro y tras el oleaje llegó el sueño en borrascal. Entonces amaneció rápido. Salvador se sorprendió en la madrugada, emprendiendo la huida.


Y en el cuarto Clara se ahogaba en el agua fría de las sábanas.

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